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La comedia humana

Ayer tuve la inmensa fortuna de compartir la lectura de un libro extraordinario, La Comedia Humana (Acantilado, Barcelona, 2004, traducción de Javier Calvo) de William Saroyan, con cuatro alumnos extraordinarios, en Faustino, un lugar excepcional (por no “tripetir” adjetivo). Una vez más me convencí de que toda lectura verdadera es una relectura, al menos en el sentido más elemental de que los buenos libros permiten ser leídos muchas veces y que en cada relectura se descubren nuevos sentidos.

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La Comedia humana presenta una galería de personajes entrañables, profundamente humanos, con el trasfondo desgarrador de la Segunda Guerra Mundial: el Sr. Spangler, director de la compañía de telégrafos, y el señor Grogan, que se encarga de los turnos de noche, la Srta. Hicks, maestra de la escuela, el tendero… La acción transcurre en Ithaca, un pueblo perdido de California. La novela se puede leer como un viaje a casa: del hermano mayor de Homer Macauley, Marcus, movilizado a causa de la guerra, y del propio Homer, un adolescente de catorce años, que ante las muertes provocadas por la guerra deberá emprender un viaje hacia el interior de su corazón para tratar de encontrar orientación en un mundo que ha perdido su inocencia. El contraste se acentúa por la presencia de Ulysses, el hermano pequeño de Homer, cuya mirada alumbra realidades maravillosas escondidas a los ojos de los mayores: un tren, una gallina que ha puesto un huevo, un viajero que responde a su saludo…

Y la vuelta a casa en ambos casos es posible porque la madre está esperando. La señora Macauley no solo rebosa sabiduría; además sabe callar cuando las palabras sobran. No pretende ahorrar a su hijo la experiencia dolorosa de crecer; pero está siempre allí para darle confianza y evitar que se hunda. Espera cada noche a que su hijo vuelva del trabajo. Homer, además de ir a la escuela, es mensajero de una compañía de telégrafos y en ocasiones le toca hacer entrega de telegramas del departamento de Guerra notificando la muerte de un soldado. Una de esas noches, Homer se encuentra a su madre esperándole y no puede dejar de desahogar su pena. Venía de hacer de mensajero de la muerte y el dolor inenarrable de la familia que había recibido la fatídica noticia le había hecho trizas el corazón. Mientras pedaleaba con furia de vuelta a casa no había parado de llorar. “Yo pensaba –le confiesa Homer a su madre- que los hombres dejaban de llorar cuando se hacían mayores, pero parece que es entonces cuando uno empieza, porque es entonces cuando uno empieza a darse cuenta de todo”. “¿Por qué lloré?”, pregunta Homer a su madre. Y os dejo con el comienzo de la respuesta de la Señora Macauley:

“La pena. Imagino que fue la pena lo que te hizo llorar. Un hombre no es un hombre de verdad si no tiene pena. Si a un hombre no le ha hecho llorar el dolor del mundo solamente es medio hombre, y en el mundo siempre habrá dolor. Saber esto no quiere decir que un hombre tenga que desesperar. Un buen hombre busca que las cosas le causen dolor. Un hombre necio ni siquiera verá el dolor, sino en sí mismo (…)”.

 

Autorretrato con radiador

sA_bobinAutorretratoRadiadorNo recuerdo cómo llegué a este libro. Posiblemente algún amigo me lo recomendó. Es una auténtica joya. Al menos a mí me lo ha parecido. Escrito a modo de diario (quizá lo sea realmente), recoge las reflexiones del escritor durante un año. El hilo conductor es el luto interior por el fallecimiento de su mujer, interlocutora imaginaria de sus confidencias. No hay argumento, ni trama. Sólo la belleza sorprendida en lo aparentemente banal, en lo ordinario; sobre todo en la naturaleza accesible al habitante de las ciudades, en este caso francesa: unas flores, una brizna de hierba, el cielo azul, algunas nubes, bandadas de pájaros, la luz solar…

A pesar de la nostalgia por la ausencia de su mujer, el diario respira esperanza y alegría de vivir; una alegría que se encuentra allí donde no se la busca; lejos del éxito y del aplauso, de la productividad y del triunfo social. El secreto de esta alegría radica en mirar la vida con la inocencia de quien la estrena, de un niño; en acogerla como un regalo, sin sentirse frustrado por carecer de aquello a lo que no se tiene derecho; en rechazar toda voluntad de dominio, de control; en descubrir el misterio escondido en todo lo que existe, en lo que es real (no pensado ni imaginado), en lo que nos es dado. Dice la Sagrada Escritura que hay que más alegría en dar que en recibir (para la referencia, consúltese Google), pero sin duda es más difícil recibir que dar; se necesita más humildad, más grandeza de ánimo para “ser regalado” que para regalar. Copio una entrada del diario de Bobin, del martes 23 de abril:

“Está claro: todo lo que tengo, me lo han dado. Todo lo que puedo tener de vivo, de sencillo, de tranquilo, lo he recibido. No caigo en la insensatez de creer que me lo debían, o que era digno de ello. No, no. Desde siempre todo me ha sido dado, a cada instante, por todos con quienes me encuentro. ¿Todo? Sí. ¿Desde siempre? Sí. ¿A cada instante? Sí. ¿Por todos con quienes me encuentro, sin excepción? Sí. Entonces ¿por qué a veces, una sombra, una pesadumbre, una melancolía? Y es porque a veces me falta el don de recibir. Es un don verdadero, un don absoluto. A veces pretendo seleccionar, elegir, me digo que la hierba está más verde al otro lado del puente, tonterías como esa que no son importantes pues siguen dándome todo, sin parar, a cambio de nada”.

No es posible hacer una reseña de este libro. Es como un cuadro. No se puede describir. Solo contemplar. Si se cuenta, se destruye. Antes he dicho que  es una joya. Más propio sería compararlo con un collar de perlas. Os dejo con tres seleccionadas al azar:

Martes 30 de abril

“La vida, la encuentro en lo que me interrumpe, me corta, me hiere, me contradice. La vida, es la que habla cuando se le ha prohibido hablar, echando por tierra previsiones y pensamientos, liberándonos de la sombría costumbre de uno consigo mismo”.

Domingo 16 de junio

“Lo que se llama el ‘encanto’ de una persona, es la libertad que ejerce respecto a sí misma, algo que, en su vida, es más libre que su vida”.

PD: la relación del título con el libro lo explica el autor en una de las entradas del diario, pero no estaría bien revelarlo antes de tiempo…

Rojo sobre gris

Magnífico cuadro de un pintor sobre su mujer, que acaba de fallecer. Sumido en una profunda crisis artística, y profundamente apenado por la pérdida de quien había dado color a su vida, a lo largo de la carta que escribe a su hija se hace cada vez más patente el contraste entre la sequedad artística del pintor y la delicada belleza del retrato que con palabras hace de Ana, su mujer. Ella no es solo la protagonista del cuadro si no la luz que lo ilumina.

Señora de rojo sobre fondo gris (Miguel Delibes, 1991) es un libro preñado de sentimientos, pero nada sentimental; desprende dulzura, pero no es dulzón. El tono de fondo, como el del cuadro, es de una serena melancolía. Con claros rasgos autobiográficos, Delibes demostró en esta preciosa obra su maestría y genialidad.

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Es uno de mis libros favoritos. Realmente no sucede nada, pero irradia belleza por los cuatro costados. Después de muchos años de matrimonio, Nicolás recuerda lleno de admiración las cualidades de la mujer con quien ha compartido su vida y trabajo. El telón de fondo, resaltando aún más la figura de Ana, lo constituyen los últimos años del franquismo; la cárcel donde la hija del autor y su marido han sido encerrados por motivos políticos.

“Tu madre descubría la belleza en las cosas más precarias, y aparentemente inanes, y donde no existía, era capaz de crearla rompiendo con los valores establecidos, asumiendo todos los riesgos”. Era capaz de ver la belleza porque la poseía interiormente. Entre las cualidades de Ana destaca su incapacidad para odiar; su inutilidad para guardar rencores. “Durante los primeros meses de matrimonio, -relata con gracia- cada vez que discutíamos, se ataba un hilo al dedo meñique para recordar que estábamos enfadados. Luego lo olvidó; llegó a olvidar incluso la razón por la que se había atado el hilo”.

De ella había dicho uno de los pintores amigos de la familia que “con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”. Ana se desvivía por su marido, por familia, por sus amigos, por todo aquél que cayera en su radio de acción, pero sentía especial debilidad por los adolescentes y los ancianos. Los veía indefensos, faltos de recursos y sentía el impulso de protegerles. Terminado el libro se tiene la impresión de haber conocido a esa mujer desde siempre, de poder reconocerla si por casualidad te la encontrases por la calle.

He tenido la oportunidad de comentar este libro con estudiantes de primero de carrera. En esas ocasiones he podido percibir la envidia sana que provoca una vida lograda. En una sociedad donde desgraciadamente son tantos los matrimonios que naufragan, no es raro que chicos y chicas de dieciocho años se sientan atraídos por un amor que no muere, que resiste el desgaste del tiempo y de la convivencia; más aún, que crece gracias a ese roce continuo en un clima de mutua admiración. Hay un párrafo que expresa muy bien ese grado de compenetración del pintor con su mujer. Refiriéndose a las últimas semanas de su enfermedad, escribe:

“… las más de las veces callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importaban los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran sencillamente la felicidad”.

Y entre las claves que explican la capacidad de Ana para irradiar alegría a su alrededor, el pintor destaca una: “Disponía de unas llaves muy precisas para controlar el pasado y el futuro: sabía disfrutar del presente en toda su intensidad”. De esta manera, hasta el último segundo de su vida, Ana supo iluminar la vida de su marido, de su familia y de sus amigos. Por eso el hueco que dejó fue enorme.

La mirada interior de Etty Hillesum I

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Etty Hillesum nació en Holanda (Middelburg) en 1914. Su padre, Louis Hillesum, era doctor en Lenguas Clásicas, y su madre, Rebeca Bernstein, procedía de una familia rusa afincada en Amsterdam. Como muchos jóvenes de su edad, Etty fue a la Universidad donde estudió Derecho e hizo cursos de lenguas eslavas y psicología. El estallido de la Segunda Guerra Mundial le obligaría a interrumpir sus estudios. Cuando comenzó su diario, en 1941, Etty había tenido varias relaciones sentimentales, y una vida sexual agitada, y se sentía vacía. En ese momento convivía de manera estable con Hans Wegerif, treinta y cinco mayor que ella. Psicológicamente frágil y extraordinariamente sensible, Etty sufre la fragmentación de una vida que se le presenta sin sentido alguno. Conoce entonces a  a Julius Spier, psicoterapeuta alemán discípulo de Jung. Con su ayuda, Etty recorrerá un proceso de transformación interior que le llevará a encontrar a Dios en medio de la desesperación creciente de una Holanda ocupada por los nazis. Y con Dios descubre un mundo nuevo y la necesidad de cuidar de su familia y de su pueblo. Conforme la situación empeora en su exterior, y la persecución a los judíos aumenta, la luz va penetrando en el corazón de Etty. El diario que escribió expresa con singular fuerza su proceso de liberación interior. La libertad adquirida poco a poco, como un regalo, pero no sin esfuerzo, llena de sentido su vida. Etty no solo comienza a comprenderse a sí misma, a encajar las piezas de su puzzle interior hasta formar un cuadro maravilloso. Además, entiende que los demás son parte integrante del lienzo de su vida y se empeña con todas sus fuerzas por darle el colorido apropiado.

Hace algunos años la editorial Anthropos publicó en castellano algunos fragmentos del diario que escribió entre 1941 y 1943 [Etty Hillesum. Una vida conmocionada. Diario 1941-1943, Barcelona, 2007]. A través de sus páginas es posible asomarse a la intimidad de esta extraordinaria mujer. Ofrezco aquí algunos párrafos que dan idea de la profundidad y riqueza de la experiencia interior de esta joven hebrea que terminó sus días, junto con sus padres y su hermano pequeño, en el campo de concentración de Auschwitz. La última frase que escribió en su diario, justo antes de su deportación, resume con extraordinaria belleza este proceso de liberación interior. Está fechada el martes, 13 de octubre de 1942, en el Campo de “tránsito” de Westerbork (Holanda) a Austwichtz: “Una quisiera ser un bálsamo derramado en tantas heridas”.

Fragmentos seleccionados e hilvanados del Diario a su vez fragmentado de Etty Hillesum

Sábado, 15 de marzo de 1941, “Si una flor me parece hermosa, lo que más me gustaría hacer es apretarla contra mi pecho o comérmela. Si se trata de algo de mayor tamaño resulta más difícil, pero el sentimiento es el mismo. Antes era demasiado sensual, casi diría que estaba demasiado centrada en un “querer-tener”. Anhelaba físicamente lo que me parecía hermoso, lo quería poseer. Por eso siempre tenía ese sentimiento de deseo que nunca pude satisfacer, la nostalgia de algo que me parecía inalcanzable, y a eso lo llamé entonces afán creativo (…). De repente todo eso ha cambiado, no sé por qué tipo de proceso interior, pero ha cambiado”. Esa mañana, pensando en el paseo realizado dos noches antes por el club de patinaje se da cuenta de que algo en su interior ha cambiado. Ya no quiere dominar nada, ni poseer. Ahora ve la realidad de un modo distinto. Describe así su paseo: “caminaba en la penumbra. Había suaves tonos de color en el aire. Siluetas misteriosas de casas, de árboles vivientes con sus ramas transparentes. Fue, en una palabra, delicioso”.

Esta experiencia la había tenido ya en “el pasado”. La emoción interior que sentía ante tanta belleza bloqueaba cualquier tipo de reacción: “Por entonces aquello me parecía tan hermoso que hasta me dolía el corazón. Sufría por la belleza y no sabía que hacer”. No lograba hacer realidad la necesidad de transformar la belleza en poesía, en escritura. De manera más bien repentina, esta angustia interior ha dado paso ahora a una sensación profunda de libertad, sin que Etty sepa explicar el motivo de semejante transformación. “Pero aquella noche, hace poco, reaccioné de forma diferente. Experimenté con alegría cómo el mundo creado por Dios, a pesar de todo, es hermoso. Es cierto que disfruté intensamente del paisaje misterioso y silencioso en la penumbra, pero fue de una forma más objetiva. Ya no lo quería “poseer”.” El cambo se había producido. El tipo de amor que Etty ahora experimenta hacia el mundo y también hacia las personas, especialmente hacia Julius Spier, su psiquiatra, ha sufrido una mutación radical. Lo percibe con claridad cuando piensa en el nuevo sentido que la escritura ha adquirido para ella. Escribir –apunta- “es otra forma de poseer”. En esto radicaba su “anhelo de escribir: alejarme reptando de todo el mundo con los tesoros que había recogido, anotarlo todo, retenerlo para mí y de esta manera disfrutarlo. Y esa codicia, así es como me lo explico mejor, ha desaparecido de repente. Mil firmes ataduras se han roto, respiro liberada, me siento fuerte y miro con ojos brillantes a mi alrededor. Y ahora que no quiero poseer nada y que estoy libre es cuando lo poseo todo, ya que mi riqueza interior es infinita”.

Miércoles por la mañana, 19 de marzo de 1941, 12 horas: El cambio interior experimentado le lleva también a la música. Hasta entonces sus intereses se habían centrado en actividades, como la literatura o el teatro, en las que –escribe- “puedo participar pensando yo misma”. Sin embargo, ahora es capaz de acoger la belleza venga de dónde venga. Así es en la música. La pura actividad, el activismo, va dejando espacio a la contemplación, a la acogida del don, de la belleza. Esto representa la música: “soy nuevamente capaz de entregarme a algo y de desconectar de mí misma. Anhelo sobre todo a los clásicos claros y serenos y no el desgarro de los modernos”.

Su renovación interior se refleja también en sus anhelos de amor. Su vida anterior, sentimentalmente fragmentada, busca también una fuerza que le dé unión, aunque la lucha se le presenta difícil. Esa misma noche escribe en su diario: “Dios, protégeme y dame fuerza, que la lucha será dura (…). No quiero mantener una relación con él [Julius Spier]. (…). Ahora que me están recomponiendo siento que en realidad soy una persona muy seria que no comprende la diversión en el campo del amor. Lo que quiero es un solo hombre para toda la vida y construir algo juntos. Todas esas aventuras y amoríos me han hecho en el fondo infeliz y me han desgarrado por dentro. Sin embargo, la fuerza para resistirme nunca fue consciente ni suficiente; la curiosidad siempre fue mayor. Pero ahora que las fuerzas se han concentrado en mí, empiezan a lucha contra mis anhelos de aventura y contra mi curiosidad erótica hacia muchos”.

Por la noche de ese mismo día escribe:

Martes, 25 de marzo de 1941, 9 horas de la noche. Tras enterarse del suicidio del profesor Willmen Bonger, Criminólogo y Sociólogo, con quien había estado la víspera escribe: “Un mundo se está cayendo a pedazos. Pero el mundo seguirá adelante y yo lo acompañaré por ahora, llena de valor y de buenas intenciones. Nos han robado algo, pero ahora me siento tan rica interiormente, que todavía no me he dado cuenta por completo de ese robo. Aún así hay que mantener el contacto estrecho con el mundo real de hoy día y tratar de encontrar un sitio en él. No se puede vivir sólo con los valores de siempre, ya que podría desembocar en la política del avestruz. Aprovechar la vida, por fuera y por dentro, no querer sacrificar nada de la realidad exterior a favor de la interior y tampoco al revés: veo una hermosa tarea en ello”.

8 de junio de 1941, domingo por la mañana, 9.30 horas. “Creo que debo hacerlo: por la mañana, antes de empezar a trabajar, “meterme en mi interior”, escuchar lo que hay dentro de mí. Sumergirme dentro de mí misma (sich versenken)”. No se atreve a llamarlo meditación porque ese nombre le da horror, pero acepta que eso es lo que necesita. No sólo hacer ejercicio con el cuerpo; también con el alma. Sin embargo, ve que lograr esa “hora tranquila” para ambos ejercicios no es sencillo. Tiene que aprender a hacerlo: “Todo el caos pequeño-burgués, todo lo superfluo tendría que borrarse desde dentro”. Percibe en su interior demasiada intranquilidad sin motivo alguno. No se trata, sin embargo, de una mera introspección. Más bien consiste en abrir la posibilidad de acoger a Dios dentro de sí misma. “Que crezca algo de Dios dentro de uno mismo, tal como hay algo de Dios en la Novena Sinfonía de Beethoven. Que también surja algo de amor por dentro, no un amor de lujo de una media hora en el que sumirse con orgullo gracias a un par de sentimientos sublimes, sino un amor con el que poder influir en las pequeñas acciones cotidianas”. Se plantea incluso leer cada mañana la Biblia, pero no se siente todavía preparada para ello: su paz interior no es todavía suficiente. “Intento entender el significado del Libro con el cerebro, por lo que no se llega a la profundización”.

Etty ha aprendido que para acceder a la verdadera sabiduría; aquella que permite descubrir las verdades fundantes de la vida, se precisa también el corazón. A ella no le falta, pero todavía no se siente preparada. Y de pronto, un requiebro en su diario no exento de sentido del humor, y también de profundidad: “Me gustaría también que no te miraras tanto al espejo, boba. Tiene que ser terrible ser muy guapa: no abordar tu interioridad por estar demasiado absorta en la propia belleza deslumbrante. Los demás reaccionan en ese caso sólo ante la belleza, y tal vez por dentro se quede una seca”. A pesar de eso no puede resistir la tentación de contemplarse en el espejo, especialmente cuando debido a la iluminación del cuarto de baño se ve guapa. Entonces gesticula, pone la cabeza en diferentes posturas y se imagina “sentada en la mesa de una sala con la cara dirigida al público y que todo el mundo me mira y le parezco guapa”. Después se siente decepcionada consigo misma o más bien se enfada: “Me irrita sobremanera mirarme constantemente a mí misma”. (…) “Es verdad que siempre afirmo querer olvidarme de mí misma, pero mientras esté tan llena de vanidad y fantasías, aún me queda mucho para poder olvidarme de mí misma”. La vida de Etty tal y como se refleja en su Diario, da cuenta de la mezcla de gracia y esfuerzo que confluyen en la formación de una personalidad equilibrada. En pocos meses, Etty verá transformado su mundo interior, cuando todo alrededor se derrumba.