Una letra femenina azul pálido

Leónidas es el ejemplo perfecto del hombre triunfador, que se ha hecho a sí mismo. Procedente de una humilde familia, ha logrado gracias a su distinguido porte y a sus cualidades de bailarín contraer matrimonio con Amelie, mujer de extraordinaria belleza y, sobre todo, miembro de una de las familias más ricas de Viena. Este matrimonio le ha permitido escalar en la burocracia imperial hasta convertirse en un alto funcionario, respetado por todos.

Sin embargo, un día Leónidas recibe una carta, escrita con una letra femenina azul pálido, que amenaza con arruinar su brillante carrera, familiar y profesional, pues ambas van unidas. Años atrás, apenas transcurridos unos meses desde su boda con Amelie, Leónidas tuvo una aventura amorosa con Vera, una chica judía. La posibilidad de la aparición en escena del hijo de aquella relación, cuya existencia Leónidas y el lector ignora, hace tambalear el castillo de naipes que con tanta suerte como esfuerzo Leónidas ha levantado. una-letra-femenina-azul-palido-franz-werfel-anagrama-6018-MLA4532361436_062013-O

La novela de Franz Werfel, Una letra femenina azul pálido, es sencillamente magistral. La reconstrucción psicológica de los personajes, especialmente de Leónidas, refleja la decadencia moral de la sociedad que el propio escritor se vio obligado a abandonar con la subida al poder del partido nazi. La incapacidad del protagonista para enfrentarse a la verdad sobre su propio vida, corroído interiormente por el culto a la apariencia y las comodidades de una vida burguesa, hace de esta novela un clásico muy actual. No ha cambiado tanto la sociedad desde entonces, aunque la evolución en las formas sociales lleven a pensar lo contrario: “Corrompido hasta la médula por el éxito y el bienestar, ¿no se le habría olvidado a sus cincuenta años lo que era vivir de verdad?” – se pregunta Leónidas en un momento de crisis.

La inanidad del protagonista no provoca en el lector antipatía, sino más bien lástima. Leónidas es consciente del engaño en que vive, de su falta de libertad. Incluso intenta en más de una ocasión hacer frente a la verdad sobre su vida, pero el miedo a asumir las consecuencias le impide liberarse de la cárcel de oro que él mismo se ha construido: “Si pierdo a Amelie, -se dice Leónidas- perdería positivamente más de lo que ella perdería si me perdiera (…). Todos estos motivos –añade- me han vuelto desde el primer día inseguro y temeroso. De ahí que me hagan falta un autodominio y una cautela incesantes para no dejar traslucir estas humillantes debilidades…”.

El autor sitúa en los orígenes humildes del protagonista y en su afán por salir de la miseria en que vivió desde su juventud, el origen de su personalidad narcisista y apocada. Ante una confesión de Amelie, Leónidas reconoce que “nunca había poseído ese coraje radical y casi impúdico para buscar la verdad”. Durante su juventud había dedicado sus energías a “superar su timidez y compensar un permanente sentimiento de inferioridad”. Sin embargo, en la novela queda muy claro que su debilidad de carácter no impide a Leónidas juzgar la calidad moral de sus acciones y elegir libremente la falsedad y la apariencia en lugar de la verdad y la responsabilidad. Ha construido deliberadamente su vida sobre la mentira.

Bruce

La traición a su mujer es un claro ejemplo de ello. El modo en que comienza esta triste aventura me recuerda una escena de la Jungla de Cristal II (o Die Hard). Bruce Willis pide un teléfono a una azafata, pues percibe que algo extraño está pasando en el aeropuerto. La azafata, con ojos de adolescente melosa le facilita el fax al tiempo que añade que termina su trabajo en una hora, y le invita a tomar una copa. Bruce responde señalando su alianza matrimonial: “Solo el fax, encanto, solo el fax”.

Leónidas no es Bruce y su actitud es más bien la contraria: : “Todo empezó muy discretamente y con el  más trivial de los gestos: oculté mi alianza matrimonial”- escribe Leónidas; un gesto que en su pequeñez ocultaba, sin embargo, una gran traición. Y así fue. “La primera mentira –escribe Leónidas con agudeza- arrastró tras de sí a la segunda y a las cien siguientes”. Cuando su presa ha caído ya en sus redes, Leónidas revela con una sencilla frase su vacua personalidad: “Hasta entonces nunca había sospechado que la virginidad, defendida con dolor y aspereza, es algo sagrado…”. Su ego narcisista ha anulado su capacidad para ver realmente a alguien, fuera de sí mismo. Las personas, comenzando por Amelie, son medios para afianzar un edificio interiormente en ruinas. Recuerda a los hombre huecos de Elliot, con quienes despido este comentario a la novela de Werfel:

Somos los hombres huecos

Somos los hombres rellenos

Inclinados unos con otros

La cabeza llena de paja.

¡Pobres!
Nuestras voces secas, cuando

Susurramos juntos

Son suaves y sin sentido

Como el viento sobre el pasto seco

O pies de ratas sobre vidrio roto

En nuestra bodega seca

Figura sin forma, sombra sin color,

Fuerza paralizada, gesto sin movimiento;

Aquellos que han cruzado

con mirada decidida, al otro reino, al de la muerte

Recuérdennos, -si es que lo hacen- no como perdidas

Violentas almas, sino sólo

Como los hombres huecos

Los hombres rellenos.

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