El miedo que esclaviza

El miedo que no se controla es el peor enemigo de la libertad. No sólo de la libertad interior, también de la libertad política.

Estos días he leído un libro pequeño y muy sabio del psiquiatra Fernando Sarráis que se titula El miedo (Pamplona, Eunsa, 2014). Había leído antes otros libros de este mismo autor (Aprender a vivir: el descanso o Madurez psicológica y felicidad). Al sentido común, Sarráis añade bastantes años de experiencia y un conocimiento profundo de la literatura académica. Y todo eso lo sabe transformar en libros sencillos, claros y a la vez profundos.

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La idea de fondo que recorre todo el libro es que para poder ser libres y, por tanto, para poder ser felices, hay que aprender a dominar el miedo, en particular el miedo a sufrir. Se trata de una asignatura pendiente en los planes de estudio de los colegios y universidades. Y también de las familias, pues es allí donde se forja con más intensidad nuestra personalidad, desde muy pequeños.

Hay miedos naturales. Nacemos con ellos y sería peligroso anularlos totalmente, como el miedo a la muerte. Pero hay otros que se adquieren a lo largo de la vida y que frecuentemente son los más paralizantes. Es el miedo a equivocarse, a quedar mal, a fracasar, a no saber actuar en una determinada situación, al ridículo, al mundo en general… Son miedos que tienen su raíz última en un miedo desmedido a sufrir. Cuando no se controlan, controlan. Y con este control anulan o al menos reducen enormemente la libertad. Por eso hay que aprender a sufrir con buen humor. No es fácil, pero la alternativa es sufrir con mal humor.

Sarráis sugiere en su libro algunas estrategias para superar poco a poco estos miedos, estas emociones negativas, de manera que sean la cabeza y la voluntad la que dominen y encaucen (modulando, dirigiendo, disminuyendo o potenciando) los sentimientos y emociones. De otra manera, nos convertimos en esclavos de esas emociones negativas. Estos miedos intensifican, además, el sufrimiento que se quiere evitar

“Cuando una persona no ha conseguido reducir su temor a sufrir, sino que, por el contrario, se ha ido haciendo más miedoso con los años, siente una gran dificultad para amar y ser libre y, por lo tanto, para ser feliz”, dice Sarráis.

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Pues el amor –añado yo y también lo hace el autor- lleva siempre alguna dosis de sufrimiento; me refiero al amor auténtico, no  al empalagoso enamoramiento egocéntrico de los culebrones y series televisivas para quinceañeras y quinceañeros (aunque las disfruten cincuentones y cincuentonas).

El que vive dominado por su miedo a sufrir es incapaz de abandonar su cascaron de protección para darse a los demás. Y en su aislamiento (aunque viva rodeado de gente) se consume de tristeza…

Ese que no te viste

 

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Hay una poesía de Pedro Salinas que me gusta especialmente. Forma parte de su poema La voz a ti debida y tiene como destinataria a su amada. Sin embargo, sus palabras expresan también la esencia de toda relación de amistad o, al menos, su consecuencia. Puede aplicarse a la relación entre un padre o una madre y sus hijos o hijas, a dos hermanos o hermanas, a los cónyuges, a un profesor y sus alumnos, a dos amigos o, como Salinas, al poeta y su amada.

Salvo en el caso de Robinson Crusoe, y ni siquiera, para extraer de nosotros mismos nuestro mejor yo, para llegar a ser lo que somos, necesitamos de los demás. Por eso, no me gusta mucho el concepto de autoayuda. No tengo nada contra los libros de autoayuda. En ambientes cultos es de buen tono despreciar este tipo de literatura, pero lo cierto es que habitualmente dicen verdades como puños. Y verdades que en una sociedad, la occidental, que vive desquiciada mucha gente necesita oír. De ahí su enorme éxito. El problema de los libros de autoayuda no es lo que dicen, sino el presupuesto del que muchas veces parten: que nos bastamos a nosotros mismos para salir del agujero en que a veces nos metemos. Desde luego que para ver el sol hace falta querer abrir los ojos, pero muchas veces hace falta alguien a nuestro lado que nos anime a hacerlo. Que vea en nosotros lo que nosotros no vemos. Y entonces la amistad puede doler, pero es un dolor que limpia, que libera, que sana, como el alcohol en la herida. Y hay que agradecerlo.

No voy a comentar esta poesía pues, como dice el propio Salinas en su presentación a una Antología de Gerardo Diego, “la poesía se explica sola; si no, no se explica”. Además, no soy poeta y me siento incapaz de explicar nada. Así es que os dejo con el texto:

 

Perdóname por ir así buscándote

tan torpemente, dentro

de ti.

Perdóname el dolor, alguna vez.

Es que quiero sacar

de ti tu mejor tú.

Ese que no te viste y que yo veo,

nadador por tu fondo, preciosísimo.

Y cogerlo

y tenerlo yo en alto como tiene

el árbol la luz última

que le ha encontrado al sol.

Y entonces tú

en su busca vendrías, a lo alto.

Para llegar a él

subida sobre ti, como te quiero,

tocando ya tan sólo a tu pasado

con las puntas rosadas de tus pies,

en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo

de ti a ti misma.

Y que a mi amor entonces le conteste

la nueva criatura que tú eras.

Conjugar el presente de indicativo

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Cada año se editan cientos de libros. Seleccionar ante tanto título los que merecen la pena ser leídos no es tarea fácil. Habitualmente me fío de las recomendaciones de amigos. Es un criterio que en general funciona bien, si tus amigos conocen tus gustos, claro. En otras ocasiones, elijo un libro porque otros del mismo autor me han gustado. Y suelo acertar. Pero de vez en cuando selecciono los libros por la portada, o por el título. Las posibilidades de error son grandes, pero a veces, por casualidad, doy con algo que me gusta. Éste es el caso de Todo un carácter, de Imma Monsó (Santillana, Madrid, 2011).

La narradora describe la vida y la personalidad de su madre, Julia Ares, una mujer con un carácter esculpido en piedra. Fascinación, amor y odio se entrelazan en el retrato que la hija realiza de su madre. Entre los rasgos más sobresalientes de Julia, cómico y trágico a la vez, figura su incapacidad para vivir en el presente; incapacidad que amarga su existencia y la de los que le rodean:

“La singular capacidad de mamá para esquivar lo que vulgarmente se llama el presente –escribe su hija- la convertía en una auténtica virtuosa del pesar. Un pesar que, lejos de manifestarse lánguido y silencioso, se expresaba activamente mediante el verbo. En concreto, mediante el pluscuamperfecto de subjuntivo (si hubiera –o no- hecho x), seguido de la correspondiente proposición (habría –o no- resultado y). Un tiempo verbal cabezón donde los haya, eternamente empecinado en modificar lo inmodificable”.

Julia había alcanzado el máximo grado en el arte de amargarse la existencia. Para quienes quieran avanzar de manera segura en este arte les recomiendo el libro de Paúl Watzlawick. No les llevará mucho tiempo conseguirlo.

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Pero volvamos a Julia Ares. Incluso cuando el futuro más temido no se convertía en presente y, por tanto, le impedía amargarse la existencia con fundamento, la misma posibilidad de que lo no que había sucedido hubiera sucedido le permitía conservar intacta su capacidad de sufrir sin motivo. Debido a un accidente, Julia llevaba muchos años con dolores de vértebras. La operación, con todos los riesgos posibles o imaginarios, parecía inevitable. Sin embargo, los ejercicios de rehabilitación hicieron su efecto y, finalmente, el médico le anunció que no haría falta operar. La reacción de Julia no tiene desperdicio:

“Ella también se alegró –cuenta su hija-, no podía ser de otro modo. Pero hasta cierto punto. La demolición a que sometía el presente llegaba a tales extremos que, apenas hubo terminado de expresarnos su satisfacción por lo que le había dicho el médico, le dio por empezar a pensar en las consecuencias de un diagnóstico distinto: “No quiero ni pensar –decía mientras pensaba en ello y su mirada se nublaba- en cómo me sentiría si tuviera que operarme”. Y la cosa no acabó aquí. “Si hubiera tenido que operarme –decía a menudo los días siguientes-, ahora me estaría preparando para la intervención”. Y semanas más tarde: “Si la operación hubiera salido mal, ahora estaría imposibilitada para siempre. Tal vez muerta, vete a saber”. O bien: “Si la operación hubiera ido bien, ahora estaría empezando una larga convalecencia, qué horror”. Así que, incluso cuando no había hecho algo que había temido hacer, se estremecía mientras no lo hacía, pensando en cómo se sentiría si lo estuviera haciendo, de modo que en vez de aprovechar el buen momento que suponía no tener que hacer algo que no quería hacer, sufría pensando en cómo sufriría si realmente lo estuviera haciendo en aquel preciso instante. En pocas palabras: el único modo de vivir el momento era, para ella, imaginar cómo lo viviría si lo hubiera tenido que vivir, es decir, sólo conseguía gozar del presente mediante el pluscuamperfecto del subjuntivo”.

Sin embargo, a diferencia de lo que suele suceder en estos casos, ella no se daba cuenta de su “imposibilidad de vivir el instante con plenitud. Se consideraba a sí misma una persona optimista porque era enérgica y entusiasta en su desprecio del presente, y porque se exaltaba al considerar lo feliz que habría sido si, y lo feliz que había sido cuando”.

La autora lleva la imposibilidad de Julia para “vivir el instante con plenitud” hasta el paroxismo. Y entonces, sucede algo imprevisto y Julia cambia. No fue una transformación radical de la personalidad –aclara la hija- sino sólo un cambio en la noción del tiempo. Como si de una bola de nieve se tratara, este pequeño cambio provocó una serie de cambios en cadena. Julia había abandonado el futuro en todas sus declinaciones. Ahora sólo conjugaba el presente de indicativo:

“… al conseguir por vez primera habitar el presente sin inquietarse por su precariedad, dejaba de estar permanentemente concentrada en las cosas que faltan, los defectos, las ausencias, las deficiencias, las privaciones, las nostalgias, las añoranzas, los fracasos, las culpas y, en definitiva, todo aquello que pertenece al terreno de lo que ya se ha hecho y no se puede hacer de nuevo o de aquello que se habría hecho pero ya no se puede hacer. Su lenguaje demoledor no había cambiado radicalmente, pero al suavizar su negatividad, se había convertido en alegremente escéptico. Su sentido del humor cambió del todo al cambiar de destinatario principal. No es que antes no lo tuviera, siempre supo reírse de los demás. Le faltaba reírse de sí misma”.

Y aquí encontró Julia su liberación: aprendió a reírse de sí misma, porque dejó de temer al futuro. Y dejó de temer al futuro, porque dejó de tomarse a sí misma demasiado en serio: “Antes del cambio, reírse de sí misma debía de suponer para ella un gran peligro, el peligro de que se derrumbaran las defensas que había construido para mantener a distancia su angustia de disolución”.

El cambio se hizo posible a través del lenguaje. Qué es primero, si el cambio de la personalidad o el del lenguaje, no es fácil decirlo. Pero el lenguaje es algo más aprehensible que la personalidad. Por eso, a veces es necesario aprender a hablar de nuevo, a conjugar correctamente los verbos, a emplear unas palabras y censurar otras. El modo de hablar refleja el modo de pensar. Para comenzar a cambiar lo segundo resulta necesario empeñarse en corregir lo primero. Julia Ares lo consiguió. Se reconcilió con el tiempo.

La mirada interior de Etty Hillesum III (y último)

 

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Esta es la última entrada que dedico a Etty Hillesum. Su Diario da para mucho más pero solo pretendo ofrecer algunos fragmentos que ayuden a percibir la calidad humana de esta joven holandesa.

Conforme avanzan los meses, Etty va aprendiendo a vivir más dentro de sí y, al mismo tiempo, menos preocupada por sí misma. A la vez, las referencias a Dios aumentan. No quiere que la desesperación se apodere de su alma. Si por un lado su capacidad de percibir las necesidades de los demás y hacer propio el sufrimiento de sus compatriotas aumenta; por otro, su fortaleza y estabilidad interior crece sin que sepa muy bien explicar de donde procede tanta energía. El 12 de julio de 1942 recoge en su Diario la “oración del domingo por la mañana”:

Corren malos tiempos, Dios mío. Esta noche me ocurrió algo por primera vez: estaba desvelada, con los ojos ardientes en la oscuridad y veía imágenes del sufrimiento humano. Dios, te prometo una cosa: no haré que mis preocupaciones por el futuro pesen como un lastre en el día de hoy, aunque para eso se necesite una cierta práctica. Cada día es en sí mismo suficiente”.

Vivir en el presente, sin amargarse la existencia adivinando un futuro a todas luces aterrador; vivir dentro de ella misma, sin dejarse robar la paz por todo lo que ocurre a su alrededor. Aceptar los sufrimientos reales, del ahora, sin acrecentarlos con sufrimientos imaginarios del mañana. Superar el miedo a sufrir, dominando la imaginación. Invertir en la belleza interior, en lugar de preocuparse tanto por la agitación exterior. Son algunas de las máximas que Etty se esfuerza por aplicar a su vida. . Y siente un deseo irrefrenable de comunicar a otros su secreto. La entrada del 29 de septiembre de 1942 es especialmente reveladora de la fuerza interior de esta joven judía:

29 de septiembre de 1942. Martes.

Si uno pudiera enseñarle a la gente que puede “trabajárselo”, que puede conquistar la paz interior; seguir viviendo de forma productiva, llena de confianza interior; y superar todos los temores y rumores. Enseñarle a arrodillarse en los rincones más recónditos y tranquilos de su interior y a mantenerse arrodillado hasta que tenga otra vez un cielo despejado sobre sí mismo, y que no haya nada más que eso”.

Vivir en el presente, que es vivir en la realidad más real, implica también la aceptación paciente de los propios errores, la asunción del propio pasado. No se puede convivir con los demás si no se es capaz de convivir con uno mismo. Etty no es una mujer autocomplaciente, pero ha comprendido la necesidad de aprender a perdonarse a sí misma, a quererse tal como es y no tal como le gustaría ser. Y lo ha conseguido. El 12 julio de 1942 había escrito:

 

Hay que vivir consigo mismo como si se viviera con un pueblo entero de gente. Y uno aprende entonces, por sí mismo, todas las buenas y malas cualidades de la humanidad. Primero hay que perdonarse a sí mismo las malas cualidades si quiere perdonar a los otros. Esto tal vez sea lo más difícil que tiene que aprender una persona. Lo constato a menudo en otras personas (antes también en mí misma, ahora no): perdonarse a sí mismo las faltas y los errores. Para ello, antes que nada hay que saber aceptar, aceptar generosamente, que uno comete faltas y errores”.

Etty es consciente de que todavía tiene mucho que avanzar, pero su convencimiento interior le da fuerzas para no abandonar la lucha consigo misma. Las circunstancias exteriores son cada vez más duras y para un alma sensible como la de Etty sobreponerse al dolor exige mucha valentía. El 29 de septiembre escribe:

Ayer noche viví otra vez en propia carne lo que tiene que sufrir la gente hoy en día; siempre está bien revivirlo y saber cómo luchar contra ello. Y luego caminar otra vez tranquilamente por los paisajes amplios y libres de tu propio corazón. Pero todavía no he llegado hasta ahí.”

El peligro no está fuera, sino dentro de ella. Los nazis pueden arrebatarle la libertad de movimientos, tratar de humillarla, pero solo ella puede degradarse a sí misma. De las víctimas depende entregar la libertad interior, la paz del alma, la verdadera vida, a los verdugos:

Es como si viera cada vez más claro en qué abismos están desapareciendo las fuerzas creadoras y las ganas de vivir de la gente. Son agujeros que se tragan todo, agujeros que están en la propia alma. Cada día tiene bastante con su propia maldad. Cuando más sufre el ser humano es con el sufrimiento que teme. Y la materia, siempre es la materia la que atrae al alma, en lugar de ser al revés. ‘Vives demasiado fuera del alma”.

Etty se ha hecho fuerte ante la adversidad. Su fortaleza es a la vez un don de Dios, y una conquista de la libertad; una fortaleza que le permite diferenciar el dolor real del imaginado. El primero puede ser fructífero; el segundo es destructivo. Etty se mueve en el plano de la realidad, no de los sueños. Sus palabras en boca de otro podrían producir asco, repugnancia; pero Etty tiene autoridad para afirmar que el sufrimiento “puede convertir la vida en algo valioso”. Pudiendo haber salvado su vida de la muerte (o, haberlo intentado, al menos), gracias a sus contactos en el Consejo Judío holandés, donde trabajó varios meses, se trasladó voluntariamente a vivir al Campo de concentración de Westerbork para seguir la suerte de su familia y de su pueblo. Su testimonio tiene el valor de la coherencia hasta la muerte.

Escribe ese mismo día 29 de septiembre de 1942:

Todas mis fuerzas creadoras están intactas –te agradezco, Dios mío, que me hayas dado tantas. Siempre consigo apartarlas de las garras de las preocupaciones diarias y de los temores. Cada vez logro hacerlas más independientes las necesidades materiales de ideas como hambre, frío y peligro. Al fin y al cabo se trata siempre de la misma idea, no de la realidad. La realidad es algo del que tiene que encargarse uno mismo. Hay que encargarse de todo el sufrimiento y de todas las dificultades que lo acompañan y soportarlo. Durante ese proceso crece la fuerza para soportar más todavía. Pero la idea del sufrimiento (que no es verdadero sufrimiento, ya que el sufrimiento en sí es fructífero y puede convertir la vida en algo valioso), ésa hay que abandonarla. Si se abandonan esas ideas, en las que la vida está presa como entre rejas, entonces se libera la verdadera vida y las fuerzas interiores, y entonces se tienen fuerzas para soportar el verdadero sufrimiento de la propia vida y de la humanidad”.

 

La última entrada de su Diario testifica la fidelidad de esta gran mujer a la luz que en 1941 comenzó a iluminar su alma. En apenas un año, su panorama interior y su actividad exterior han dado un vuelco. Ella no sabe entonces que su testimonio seguirá alimentando los anhelos de libertad y felicidad de mucha gente a lo largo de los siglos:

Martes, 13 de octubre de 1942, antes de ser deportada desde el Campo de “tránsito” de Westerbork (Holanda) a Auschwitz.

Una quisiera ser un bálsamo derramado en tantas heridas”.