La suerte del Justo

 

La Casa de Matriona es un relato en parte autobiográfico de Solzhenitzyn. Se sitúa cronológicamente en en 1856, justo después de  su salida de los diferentes campos de trabajos forzados o gulags donde estuvo preso durante ocho años, y de los tres años de exilio que sufrió hasta que comenzó el proceso de desestalinización en Rusia.

La historia comienza con la llegada de un profesor de colegio a un pueblo del interior de Rusia. Allí es acogido por Matriona, una viuda pobre y enferma que vive en una en una casa vieja y algo destartalada. A pesar de haber experimentado todo tipo de sufrimientos, Matriona encarna la figura del justo sin el cual ninguna ciudad puede subsistir. Olvidada de su persona, Matriona ha hecho de su vida un don de sí hasta el extremo de resultar incomprensible su actuación para cualquiera que pretenda juzgarla siguiendo criterios basados en la lógica del intercambio o en la justicia entendida en su sentido más estricto. He tenido la oportunidad de discutir sobre esta novela con estudiantes y no han faltado quienes han visto en la generosidad de Matriona un contra-ejemplo para la sociedad moderna, basada en la reivindicación de derechos para todo tipo de colectivos. Mi opinión es otra: Matriona encarga una lógica que por no ser de este mundo solo puede ser comprendida desde una óptica ultramundana. El vaciamiento completo de uno mismo, la renuncia absoluta, el perderse del Evangelio para encontrarse a sí mismo, o la muerte del grano de trigo, es la fuente que fecunda la vida y la hace posible. Es el triunfo del don frente al intercambio, del amor que supera la justicia.

Pero el relato de Solzhenitzyn puede ser leído también como una crítica profunda de los efectos del régimen soviético sobre la vida cotidiana de la población. La destrucción del medio-ambiente provocada por las políticas económicas del régimen reflejan la corrupción moral de una sociedad que ha perdido sus raíces y navega a la deriva. Desde esta perspectiva, Matriona puede también ser vista como la encarnación de la Rusia vieja y perenne. Y sus vecinos, el producto de una civilización tecnocrática basada en la mentira.

Caben otras lecturas posibles, pero estas dos son las que me han sugerido la lectura de este relato desconocido y muy recomendable de un grandísimo escritor y pensador, premio Nobel, más conocido por su monumental Archipiélago Gulag.

¿Dónde estaba Dios en Auschwitz?

¿Se puede narrar el sufrimiento? ¿Es posible transmitir al lector la hecatombe espiritual que experimenta un prisionero en un campo de concentración? Posiblemente no. Hay realidades humanas que escapan la capacidad expresiva del lenguaje humano. Se pueden evocar, se pueden describir los aspectos externos de ese sufrimiento, el efecto que produce en el cuerpo e incluso en el alma de sus protagonistas pero hay algo que escapa siempre al lenguaje humano. Esto es algo que se aprecia con bastante claridad en uno de los primeros relatos de supervivientes de los campos de los campos de concentración nazis: Si esto es un hombre, de Primo Levi (Barcelona, Muchnik, 2000; traducción de Pilar Gómez Bedate). Químico de formación, Levi relata con una objetividad realmente sorprendente la vida y sobre todo la muerte en lo que con el tiempo se ha convertido en el principal símbolo de la barbarie nazi: el campo de concentración de Auschwitz. Muchos aspectos se podría relatar de estas memorias, pero me gustaría detenerme solo en dos detalles que en su sencillez transmiten grandes verdades, y en el gran problema que me ha planteado este libro: ¿dónde estaba Dios en Auschwitz?

El primero de estos detalles es la actitud de uno de los presos que no deja pasar día alguno sin respetar escrupulosamente el ritual que le lleva a asearse cuando todo parece aconsejar lo contrario. Bajo este aparente sinsentido, Seinlauf, que así se llama el compañero de Levi, se esconde una gran verdad: la libertad interior, la dignidad moral, no se puede robar, solo se puede entregar. Asearse es el último rasgo de humanidad y rebeldía frente a un sistema que busca de manera sistemática y organizada la deshumanización de los presos: “somos esclavos –explica Seinlauf-, expuestos a cualquier ataque, abocados a una muerte segura, pero nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento. Debemos, por consiguiente, lavarnos la cara sin jabón, en el agua sucia, y secarnos con la chaqueta. Debemos dar betún a los zapatos no porque lo diga el reglamento sino por dignidad y por limpieza. Debemos andar derechos, sin arrastrar los zuecos, no ya en acatamiento de la disciplina prusiana sino para seguir vivos, para no empezar a morir”.

El otro detalle es el acta de defunción del campo de aniquilamiento. ¿En qué momento se puede decir que Auschwitz ha dejado de ser Auschwitz? La respuesta de Primo Levi es clara: en el momento en que los presos enfermos comienzan a compartir su escasa comida con los presos sanos que están trabajando para lograr sobrevivir. En el momento en que el individualismo salvaje, que es la ley que impera en el campo, ha cedido el puesto a la preocupación por el otro, a los actos de gracia, esto es, gratuitos, que no tienen otra razón de ser que ellos mismos . Escribe Levi: “Sólo un día antes un acontecimiento semejante habría sido inconcebible. La ley del Lager dice: ‘come tu pan y, si puedes, el de tu vecino’, no dejaba lugar a la gratitud. Quería decir que el Lager había muerto.

Fue aquél el primer gesto humano que se produjo entre nosotros, continúa Levi. Creo que se podría fijar en aquel momento el principio del proceso mediante el cual, nosotros, los que no estábamos muertos, de Häftlinge [presos del campo] empezamos lentamente a volver a ser hombres”.

No pretendo ni de lejos dar una idea de la obra de Levi. Invito a quien lea esto, si alguien lo lee, a acudir directamente al libro. Pero no puedo dejar de terminar este post sin referirme a un tema que apenas aparece en el relato de Levi aunque me parece crucial, posiblemente el más relevante del libro: ¿Dónde estaba Dios en Auschwitiz? “Hoy pienso –afirma Levi como de pasada pues no vuelve sobre el tema en ningún otro momento- que, sólo por el hecho de haber existido un Auschwitz, nadie debería hablar en nuestros días de Providencia: pero lo cierto es que, en aquel momento, el recuerdo de los salvamentos bíblicos en las adversidades extremas pasó como un viento por todos los ánimos”. La religión fue el único consuelo que quedó a muchos de los que sufrieron aquella experiencia, especialmente judíos y cristianos, pero esto no da respuesta a la pregunta de Levi. ¿Dónde estaba Dios? No nos corresponde a los hombres juzgar a Dios: sería un acto ridículo de soberbia, y mucho menos juzgarlo por crímenes cometidos por hombres a quienes creó libres, precisamente para que pudieran ser hombres. Pero la pregunta sigue ahí. Desde mi punto de vista, Auschwitz, lejos de ser un testimonio contra Dios, pone de manifiesto que el único Dios capaz de dar sentido o al menos de arrojar alguna esperanza sobre el sufrimiento de los inocentes, esto, es, el único Dios realmente creíble, es el Dios de los cristianos; un Dios que en su Encarnación quiso unirse a todo hombre y asumió en su humanidad los sufrimientos de toda la humanidad, muriendo clavado en una Cruz después de padecer un largo tormento. Y en su condición de Dios-Hombre, capaz de trascender las fronteras del espacio y del tiempo, pudo así redimirnos de la última causa del mal, del pecado, y unirse a todos los que antes y después de Él experimentarían en su vida sufrimientos inenarrables. ¿Dónde estaba Dios en Auschwitz? Dios estaba en cada uno de los presos, sufriendo su dolor, padeciendo sus humillaciones, dando su Vida por ellos. Esta es la única respuesta que me parece que arroja alguna luz sobre el misterio del sufrimiento.

La muerte de Ivan Ilitch

Dicen que lo malo no es morir; es no haber vivido. La muerte de Ivan Ilitch es para muchos una de las novelas más magistrales de Tolstoy. Los críticos han destacado la habilidad del escritor para vivir desde dentro la muerte del personaje central, algo realmente complicado si no se ha pasado previamente por esa experiencia. Sin embargo, no es esto lo que más me ha gustado de la novela, sino su mensaje y su actualidad.

La muerte de Ivan Ilitch es una novela sobre la vida a propósito de la muerte. En realidad, como le sucede al protagonista justo antes de morir, solo a la luz de la muerte es posible comprender la vida, su valor y su sentido; en algunos casos, por desgracia, su falta de valor y su falta de sentido. Todo depende de cómo se la plantee cada uno. La vida de Ivan Ilitch fue correcta, decorosa, e incluso exitosa para los cánones sociales de su tiempo, pero vacía. Había alcanzado un alto puesto en la administración de justicia, se había casado con una mujer de la alta sociedad y había tenido varios hijos, pero nada era lo que parecía. En realidad, había vivido una gran mentira: sin amor, sin generosidad, sin ideales, y posiblemente, aunque en la novela solo aparece una referencia al final, sin Dios.

Me preguntaba por la actualidad de esta pequeña pero densa novela: quizá después de un siglo y medio seguimos viviendo en una sociedad que ha dado la espalda a la muerte y por ello le resulta difícil descubrir a su luz el verdadero sentido de la vida. Quizá por eso mismo Tolstoy siga siendo un clásico: porque sus palabras siguen hablando al corazón del hombre moderno a pesar del tiempo transcurrido.

La comedia humana

Ayer tuve la inmensa fortuna de compartir la lectura de un libro extraordinario, La Comedia Humana (Acantilado, Barcelona, 2004, traducción de Javier Calvo) de William Saroyan, con cuatro alumnos extraordinarios, en Faustino, un lugar excepcional (por no “tripetir” adjetivo). Una vez más me convencí de que toda lectura verdadera es una relectura, al menos en el sentido más elemental de que los buenos libros permiten ser leídos muchas veces y que en cada relectura se descubren nuevos sentidos.

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La Comedia humana presenta una galería de personajes entrañables, profundamente humanos, con el trasfondo desgarrador de la Segunda Guerra Mundial: el Sr. Spangler, director de la compañía de telégrafos, y el señor Grogan, que se encarga de los turnos de noche, la Srta. Hicks, maestra de la escuela, el tendero… La acción transcurre en Ithaca, un pueblo perdido de California. La novela se puede leer como un viaje a casa: del hermano mayor de Homer Macauley, Marcus, movilizado a causa de la guerra, y del propio Homer, un adolescente de catorce años, que ante las muertes provocadas por la guerra deberá emprender un viaje hacia el interior de su corazón para tratar de encontrar orientación en un mundo que ha perdido su inocencia. El contraste se acentúa por la presencia de Ulysses, el hermano pequeño de Homer, cuya mirada alumbra realidades maravillosas escondidas a los ojos de los mayores: un tren, una gallina que ha puesto un huevo, un viajero que responde a su saludo…

Y la vuelta a casa en ambos casos es posible porque la madre está esperando. La señora Macauley no solo rebosa sabiduría; además sabe callar cuando las palabras sobran. No pretende ahorrar a su hijo la experiencia dolorosa de crecer; pero está siempre allí para darle confianza y evitar que se hunda. Espera cada noche a que su hijo vuelva del trabajo. Homer, además de ir a la escuela, es mensajero de una compañía de telégrafos y en ocasiones le toca hacer entrega de telegramas del departamento de Guerra notificando la muerte de un soldado. Una de esas noches, Homer se encuentra a su madre esperándole y no puede dejar de desahogar su pena. Venía de hacer de mensajero de la muerte y el dolor inenarrable de la familia que había recibido la fatídica noticia le había hecho trizas el corazón. Mientras pedaleaba con furia de vuelta a casa no había parado de llorar. “Yo pensaba –le confiesa Homer a su madre- que los hombres dejaban de llorar cuando se hacían mayores, pero parece que es entonces cuando uno empieza, porque es entonces cuando uno empieza a darse cuenta de todo”. “¿Por qué lloré?”, pregunta Homer a su madre. Y os dejo con el comienzo de la respuesta de la Señora Macauley:

“La pena. Imagino que fue la pena lo que te hizo llorar. Un hombre no es un hombre de verdad si no tiene pena. Si a un hombre no le ha hecho llorar el dolor del mundo solamente es medio hombre, y en el mundo siempre habrá dolor. Saber esto no quiere decir que un hombre tenga que desesperar. Un buen hombre busca que las cosas le causen dolor. Un hombre necio ni siquiera verá el dolor, sino en sí mismo (…)”.

 

El libro de mi destino

Pocos libros me han golpeado tanto interiormente en el último año como el que ahora os presento: El libro de mi destino.

Libro del destino, El_150x230Narra la vida de una chica iraní, Masumeh, desde su adolescencia hasta su madurez. Es una novela dura. Los tiempos también lo fueron: los últimos años del Sha y de su temida policía política, la Revolución islámica de Jomeini con su brutal represión, la guerra con Irak y, unido a todo ello, la persistencia de tradiciones que dejaban a la mujer poco espacio de decisión sobre su propia vida.

Su autora, Parinoush Saniee, ha querido exponer a través de un relato ficticio la historia real de muchas mujeres iraníes durante los últimos cuarenta años. Y lo hace desde dentro de la sociedad y la cultura iraní, con sus lacras y sus valores. El libro transmite ideas, pero sin renunciar a la trama. No es un ensayo camuflado de novela: es una novela a secas, que engancha al lector desde el primer capítulo y le traslada a una sociedad y un tiempo muy diferente del suyo; al menos del mío. Sin embargo, como Parinoush Saniee ha reconocido en diferentes entrevistas, la novela recogen en forma literaria el resultado de numerosos trabajos de investigación sociológica sobre la mujer en Irán. Cansada de publicar estadísticas e informes que los dirigentes del Estado iraní para quien trabajaba ignoraban, la autora decidió escribir una novela que reflejara la vida de tantas mujeres iraníes que durante los años anteriores y posteriores a la revolución tuvieron que sacar adelante a sus familias, sin dejar por ello de vivir bajo la tutela de padres y hermanos (varones). Es un reconocimiento al heroísmo de estas mujeres y al mismo tiempo una denuncia de la persistencia en Irán de concepciones y patrones de comportamiento social discriminatorios.

A partir de las penalidades que se ve obligada a superar, Masumeh va forjando su personalidad, ajena por completo a todo planteamiento ideológico cerrado. La vida le ha enseñado a rechazar todo sistema de pensamiento que, en la persecución de ideales abstractos, incapacita para ver la realidad, pensar por sí mismo y distinguir el bien del mal. Masumeh ha sufrido en carne propia la capacidad destructiva de las utopías revolucionarias; el efecto devastador del sectarismo ideológico en la vida familiar, profesional y social.

Algunas ideologías nacen como tales. Es el caso del comunismo, encarnado por Hamid, marido de Masumeh. Y otras parasitan creencias religiosas, como sucede con el Islam profesado por Mahmud, hermano de Masumeh. Pero en ambos casos, la lógica amigo-enemigo funciona de la misma manera, legitimando la tortura, la represión y el asesinato de gente inocente; envenenando la convivencia entre hermanos; engendrando odios que se retroalimentan con las injusticias cometidas y padecidas. Transcurrido un tiempo desde el triunfo de la Revolución de Jomeini, y apagada la esperanza de libertad que el derrocamiento del Sha había despertado, Masumeh reflexiona sobre este nuevo golpe del destino:

“A causa de la opresión sufrida, no habíamos aprendido a sacarle partido a nuestra libertad: no sabíamos debatir, no estábamos acostumbrados a oír puntos de vista opuestos, ni entrenados para aceptar ideas y opiniones diferentes de las nuestras. Por consiguiente la luna de miel de la revolución no duró ni un mes, acabó mucho antes de lo que creíamos”.

Antes he dicho que es una novela dura, donde el sufrimiento físico y moral aparece y reaparece en tiempos y con máscaras diferentes. Pero en la abnegada vida de Masumeh hay también espacio para la alegría, la amistad, el amor, y la belleza. A pesar lo dicho y del final, que no quiero desvelar, la sensación que deja la lectura de esta magnífica obra no es negativa, ni pesimista. Más bien ayuda a comprender los problemas del pueblo iraní y a apreciar el valor y la entereza de sus gentes.

PD: para quien no la conozca, la chica de la foto (no del libro) es Neda Agha Soltan, una estudiante de filosofía asesinada durante una manifestación en 2009 contra el fraude en las elecciones presidenciales iraníes. Se convirtió en un icono de la lucha por la democracia en su país. En youtube se puede ver un documental sobre la vida de esta heroína iraní:

Autorretrato con radiador

sA_bobinAutorretratoRadiadorNo recuerdo cómo llegué a este libro. Posiblemente algún amigo me lo recomendó. Es una auténtica joya. Al menos a mí me lo ha parecido. Escrito a modo de diario (quizá lo sea realmente), recoge las reflexiones del escritor durante un año. El hilo conductor es el luto interior por el fallecimiento de su mujer, interlocutora imaginaria de sus confidencias. No hay argumento, ni trama. Sólo la belleza sorprendida en lo aparentemente banal, en lo ordinario; sobre todo en la naturaleza accesible al habitante de las ciudades, en este caso francesa: unas flores, una brizna de hierba, el cielo azul, algunas nubes, bandadas de pájaros, la luz solar…

A pesar de la nostalgia por la ausencia de su mujer, el diario respira esperanza y alegría de vivir; una alegría que se encuentra allí donde no se la busca; lejos del éxito y del aplauso, de la productividad y del triunfo social. El secreto de esta alegría radica en mirar la vida con la inocencia de quien la estrena, de un niño; en acogerla como un regalo, sin sentirse frustrado por carecer de aquello a lo que no se tiene derecho; en rechazar toda voluntad de dominio, de control; en descubrir el misterio escondido en todo lo que existe, en lo que es real (no pensado ni imaginado), en lo que nos es dado. Dice la Sagrada Escritura que hay que más alegría en dar que en recibir (para la referencia, consúltese Google), pero sin duda es más difícil recibir que dar; se necesita más humildad, más grandeza de ánimo para “ser regalado” que para regalar. Copio una entrada del diario de Bobin, del martes 23 de abril:

“Está claro: todo lo que tengo, me lo han dado. Todo lo que puedo tener de vivo, de sencillo, de tranquilo, lo he recibido. No caigo en la insensatez de creer que me lo debían, o que era digno de ello. No, no. Desde siempre todo me ha sido dado, a cada instante, por todos con quienes me encuentro. ¿Todo? Sí. ¿Desde siempre? Sí. ¿A cada instante? Sí. ¿Por todos con quienes me encuentro, sin excepción? Sí. Entonces ¿por qué a veces, una sombra, una pesadumbre, una melancolía? Y es porque a veces me falta el don de recibir. Es un don verdadero, un don absoluto. A veces pretendo seleccionar, elegir, me digo que la hierba está más verde al otro lado del puente, tonterías como esa que no son importantes pues siguen dándome todo, sin parar, a cambio de nada”.

No es posible hacer una reseña de este libro. Es como un cuadro. No se puede describir. Solo contemplar. Si se cuenta, se destruye. Antes he dicho que  es una joya. Más propio sería compararlo con un collar de perlas. Os dejo con tres seleccionadas al azar:

Martes 30 de abril

“La vida, la encuentro en lo que me interrumpe, me corta, me hiere, me contradice. La vida, es la que habla cuando se le ha prohibido hablar, echando por tierra previsiones y pensamientos, liberándonos de la sombría costumbre de uno consigo mismo”.

Domingo 16 de junio

“Lo que se llama el ‘encanto’ de una persona, es la libertad que ejerce respecto a sí misma, algo que, en su vida, es más libre que su vida”.

PD: la relación del título con el libro lo explica el autor en una de las entradas del diario, pero no estaría bien revelarlo antes de tiempo…

Una letra femenina azul pálido

Leónidas es el ejemplo perfecto del hombre triunfador, que se ha hecho a sí mismo. Procedente de una humilde familia, ha logrado gracias a su distinguido porte y a sus cualidades de bailarín contraer matrimonio con Amelie, mujer de extraordinaria belleza y, sobre todo, miembro de una de las familias más ricas de Viena. Este matrimonio le ha permitido escalar en la burocracia imperial hasta convertirse en un alto funcionario, respetado por todos.

Sin embargo, un día Leónidas recibe una carta, escrita con una letra femenina azul pálido, que amenaza con arruinar su brillante carrera, familiar y profesional, pues ambas van unidas. Años atrás, apenas transcurridos unos meses desde su boda con Amelie, Leónidas tuvo una aventura amorosa con Vera, una chica judía. La posibilidad de la aparición en escena del hijo de aquella relación, cuya existencia Leónidas y el lector ignora, hace tambalear el castillo de naipes que con tanta suerte como esfuerzo Leónidas ha levantado. una-letra-femenina-azul-palido-franz-werfel-anagrama-6018-MLA4532361436_062013-O

La novela de Franz Werfel, Una letra femenina azul pálido, es sencillamente magistral. La reconstrucción psicológica de los personajes, especialmente de Leónidas, refleja la decadencia moral de la sociedad que el propio escritor se vio obligado a abandonar con la subida al poder del partido nazi. La incapacidad del protagonista para enfrentarse a la verdad sobre su propio vida, corroído interiormente por el culto a la apariencia y las comodidades de una vida burguesa, hace de esta novela un clásico muy actual. No ha cambiado tanto la sociedad desde entonces, aunque la evolución en las formas sociales lleven a pensar lo contrario: “Corrompido hasta la médula por el éxito y el bienestar, ¿no se le habría olvidado a sus cincuenta años lo que era vivir de verdad?” – se pregunta Leónidas en un momento de crisis.

La inanidad del protagonista no provoca en el lector antipatía, sino más bien lástima. Leónidas es consciente del engaño en que vive, de su falta de libertad. Incluso intenta en más de una ocasión hacer frente a la verdad sobre su vida, pero el miedo a asumir las consecuencias le impide liberarse de la cárcel de oro que él mismo se ha construido: “Si pierdo a Amelie, -se dice Leónidas- perdería positivamente más de lo que ella perdería si me perdiera (…). Todos estos motivos –añade- me han vuelto desde el primer día inseguro y temeroso. De ahí que me hagan falta un autodominio y una cautela incesantes para no dejar traslucir estas humillantes debilidades…”.

El autor sitúa en los orígenes humildes del protagonista y en su afán por salir de la miseria en que vivió desde su juventud, el origen de su personalidad narcisista y apocada. Ante una confesión de Amelie, Leónidas reconoce que “nunca había poseído ese coraje radical y casi impúdico para buscar la verdad”. Durante su juventud había dedicado sus energías a “superar su timidez y compensar un permanente sentimiento de inferioridad”. Sin embargo, en la novela queda muy claro que su debilidad de carácter no impide a Leónidas juzgar la calidad moral de sus acciones y elegir libremente la falsedad y la apariencia en lugar de la verdad y la responsabilidad. Ha construido deliberadamente su vida sobre la mentira.

Bruce

La traición a su mujer es un claro ejemplo de ello. El modo en que comienza esta triste aventura me recuerda una escena de la Jungla de Cristal II (o Die Hard). Bruce Willis pide un teléfono a una azafata, pues percibe que algo extraño está pasando en el aeropuerto. La azafata, con ojos de adolescente melosa le facilita el fax al tiempo que añade que termina su trabajo en una hora, y le invita a tomar una copa. Bruce responde señalando su alianza matrimonial: “Solo el fax, encanto, solo el fax”.

Leónidas no es Bruce y su actitud es más bien la contraria: : “Todo empezó muy discretamente y con el  más trivial de los gestos: oculté mi alianza matrimonial”- escribe Leónidas; un gesto que en su pequeñez ocultaba, sin embargo, una gran traición. Y así fue. “La primera mentira –escribe Leónidas con agudeza- arrastró tras de sí a la segunda y a las cien siguientes”. Cuando su presa ha caído ya en sus redes, Leónidas revela con una sencilla frase su vacua personalidad: “Hasta entonces nunca había sospechado que la virginidad, defendida con dolor y aspereza, es algo sagrado…”. Su ego narcisista ha anulado su capacidad para ver realmente a alguien, fuera de sí mismo. Las personas, comenzando por Amelie, son medios para afianzar un edificio interiormente en ruinas. Recuerda a los hombre huecos de Elliot, con quienes despido este comentario a la novela de Werfel:

Somos los hombres huecos

Somos los hombres rellenos

Inclinados unos con otros

La cabeza llena de paja.

¡Pobres!
Nuestras voces secas, cuando

Susurramos juntos

Son suaves y sin sentido

Como el viento sobre el pasto seco

O pies de ratas sobre vidrio roto

En nuestra bodega seca

Figura sin forma, sombra sin color,

Fuerza paralizada, gesto sin movimiento;

Aquellos que han cruzado

con mirada decidida, al otro reino, al de la muerte

Recuérdennos, -si es que lo hacen- no como perdidas

Violentas almas, sino sólo

Como los hombres huecos

Los hombres rellenos.

Donde el corazón te lleve

A pesar del título, este best-seller de Susanna Tamaro no es una novela rosa. Y aunque el sentimiento no está ausente en sus páginas, tampoco diría que es una novela sentimental. La historia que narra es más bien dura. A lo largo de una serie de cartas, Olga, una señora mayor que intuye el final de su vida, hace balance de su vida, principalmente de sus errores. La destinataria de sus confidencias es su nieta, ausente durante unos meses en Estados Unidos.

Donde el corazón te lleve (Seix Barral, 1994) es una reivindicación del papel del corazón como brújula en la vida. Pero el corazón al que se refiere Tamaro no es sólo la fuente de las emociones y sentimientos. Es el núcleo más íntimo de la persona, ese lugar interior, escondido a las miradas del mundo, donde la verdad de la propia vida se manifiesta desnuda, siempre que se la quiera escuchar.

Como dice Olga en una de sus cartas, “tan moderna es la mente, como antiguo el corazón”. Solo al final de su vida, la narradora ha descubierto esta sencilla verdad. Los errores que han jalonado su vida tienen que ver con su incapacidad para escuchar su corazón y asumir el protagonismo de su existencia. La educación formalista y la falta de afecto de sus padres provocó en ella una especie de parálisis interior que cristalizó durante su adolescencia. Durante estos años, comenzó a formarse alrededor de su cuerpo una coraza invisible. “El proceso de su crecimiento -explica Olga- se parece un poco al de las perlas: cuanto más grande y profunda es la herida, más fuerte es la coraza que se le desarrolla alrededor”.

No soy psicólogo, pero he podido comprobar este fenómeno en la vida de bastantes personas. Una educación demasiado rígida o demasiado complaciente, unida a un temperamento emotivo, produce con el tiempo una especie de esclerosis afectiva que provoca enormes sufrimientos. Romper esta coraza exige primero percatarse de su existencia. Los síntomas son habitualmente claros para cualquiera que sepa mirar. Olga se refiere a ellos, como de pasada, en diferentes momentos. En primer lugar la falta de seguridad, de confianza en sí misma: “Mi inseguridad, -escribe a su nieta- el ambiente en que había crecido, ya me habían entregado a la tiranía de la exterioridad”. Su necesidad de aprobación, de afecto, le condujo a vivir fuera de sí toda su vida, a adaptarse a los caprichos de los demás, primero de su hija y después de su nieta. Renunció a sí misma para responder a las expectativas de los demás. Y tardó en darse cuenta que “renunciar a uno mismo lleva al desprecio. Del desprecio a la rabia el paso es corto”.

A los seis años –recuerda Olga- ya era mayor, pues la ansiedad había sustituido a la alegría, y la indiferencia a la curiosidad. La coraza no solo le produjo una parálisis interior: también invadió su exterior. El terror a equivocarse la convirtió en una “persona apática, vacilante”. Los años no le curaron de esta grave enfermedad espiritual. El tiempo no nos hace necesariamente mejores; simplemente más viejos. “Aunque ya era adulta, -escribe Olga- no me sentía segura de nada. No conseguía amarme, sentir estima de mí misma”.

Con esta vuelta a su infancia, Olga no pretende echar sobre las espaldas de sus padres la responsabilidad de los errores cometidos a lo largo de su vida, que por respeto al lector no descubro en estas líneas. Más bien parece buscar la comprensión de su nieta. Al final de sus días, Olga tiene el valor de reconocer que se equivocó en las decisiones más importantes. En cierto sentido, su vida se edificó sobre una gran mentira. Reconocerlo cuando ya no cabía esperar nada de la vida era un modo de redimir su existencia. La amargura de esta novela esconde una apertura a la esperanza.

A pesar de su éxito de ventas, no creo que la obra de Tamaro guste a todos. Pude comprobarlo la semana pasada en una discusión sobre el libro con estudiantes. Su tono intimista, la falta de acción, la abundancia de reflexiones y las pormenorizadas descripciones del mundo natural, especialmente de los árboles y plantas, que tanto gustan a la autora y a sus personajes, echará para atrás a más de uno. Pero a mí es una autora que me gusta. Y desde luego hace pensar.

PD: la ilustración de esta entrada es de Gabriela Ibarra.

Rojo sobre gris

Magnífico cuadro de un pintor sobre su mujer, que acaba de fallecer. Sumido en una profunda crisis artística, y profundamente apenado por la pérdida de quien había dado color a su vida, a lo largo de la carta que escribe a su hija se hace cada vez más patente el contraste entre la sequedad artística del pintor y la delicada belleza del retrato que con palabras hace de Ana, su mujer. Ella no es solo la protagonista del cuadro si no la luz que lo ilumina.

Señora de rojo sobre fondo gris (Miguel Delibes, 1991) es un libro preñado de sentimientos, pero nada sentimental; desprende dulzura, pero no es dulzón. El tono de fondo, como el del cuadro, es de una serena melancolía. Con claros rasgos autobiográficos, Delibes demostró en esta preciosa obra su maestría y genialidad.

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Es uno de mis libros favoritos. Realmente no sucede nada, pero irradia belleza por los cuatro costados. Después de muchos años de matrimonio, Nicolás recuerda lleno de admiración las cualidades de la mujer con quien ha compartido su vida y trabajo. El telón de fondo, resaltando aún más la figura de Ana, lo constituyen los últimos años del franquismo; la cárcel donde la hija del autor y su marido han sido encerrados por motivos políticos.

“Tu madre descubría la belleza en las cosas más precarias, y aparentemente inanes, y donde no existía, era capaz de crearla rompiendo con los valores establecidos, asumiendo todos los riesgos”. Era capaz de ver la belleza porque la poseía interiormente. Entre las cualidades de Ana destaca su incapacidad para odiar; su inutilidad para guardar rencores. “Durante los primeros meses de matrimonio, -relata con gracia- cada vez que discutíamos, se ataba un hilo al dedo meñique para recordar que estábamos enfadados. Luego lo olvidó; llegó a olvidar incluso la razón por la que se había atado el hilo”.

De ella había dicho uno de los pintores amigos de la familia que “con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”. Ana se desvivía por su marido, por familia, por sus amigos, por todo aquél que cayera en su radio de acción, pero sentía especial debilidad por los adolescentes y los ancianos. Los veía indefensos, faltos de recursos y sentía el impulso de protegerles. Terminado el libro se tiene la impresión de haber conocido a esa mujer desde siempre, de poder reconocerla si por casualidad te la encontrases por la calle.

He tenido la oportunidad de comentar este libro con estudiantes de primero de carrera. En esas ocasiones he podido percibir la envidia sana que provoca una vida lograda. En una sociedad donde desgraciadamente son tantos los matrimonios que naufragan, no es raro que chicos y chicas de dieciocho años se sientan atraídos por un amor que no muere, que resiste el desgaste del tiempo y de la convivencia; más aún, que crece gracias a ese roce continuo en un clima de mutua admiración. Hay un párrafo que expresa muy bien ese grado de compenetración del pintor con su mujer. Refiriéndose a las últimas semanas de su enfermedad, escribe:

“… las más de las veces callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importaban los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran sencillamente la felicidad”.

Y entre las claves que explican la capacidad de Ana para irradiar alegría a su alrededor, el pintor destaca una: “Disponía de unas llaves muy precisas para controlar el pasado y el futuro: sabía disfrutar del presente en toda su intensidad”. De esta manera, hasta el último segundo de su vida, Ana supo iluminar la vida de su marido, de su familia y de sus amigos. Por eso el hueco que dejó fue enorme.

El miedo que esclaviza

El miedo que no se controla es el peor enemigo de la libertad. No sólo de la libertad interior, también de la libertad política.

Estos días he leído un libro pequeño y muy sabio del psiquiatra Fernando Sarráis que se titula El miedo (Pamplona, Eunsa, 2014). Había leído antes otros libros de este mismo autor (Aprender a vivir: el descanso o Madurez psicológica y felicidad). Al sentido común, Sarráis añade bastantes años de experiencia y un conocimiento profundo de la literatura académica. Y todo eso lo sabe transformar en libros sencillos, claros y a la vez profundos.

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La idea de fondo que recorre todo el libro es que para poder ser libres y, por tanto, para poder ser felices, hay que aprender a dominar el miedo, en particular el miedo a sufrir. Se trata de una asignatura pendiente en los planes de estudio de los colegios y universidades. Y también de las familias, pues es allí donde se forja con más intensidad nuestra personalidad, desde muy pequeños.

Hay miedos naturales. Nacemos con ellos y sería peligroso anularlos totalmente, como el miedo a la muerte. Pero hay otros que se adquieren a lo largo de la vida y que frecuentemente son los más paralizantes. Es el miedo a equivocarse, a quedar mal, a fracasar, a no saber actuar en una determinada situación, al ridículo, al mundo en general… Son miedos que tienen su raíz última en un miedo desmedido a sufrir. Cuando no se controlan, controlan. Y con este control anulan o al menos reducen enormemente la libertad. Por eso hay que aprender a sufrir con buen humor. No es fácil, pero la alternativa es sufrir con mal humor.

Sarráis sugiere en su libro algunas estrategias para superar poco a poco estos miedos, estas emociones negativas, de manera que sean la cabeza y la voluntad la que dominen y encaucen (modulando, dirigiendo, disminuyendo o potenciando) los sentimientos y emociones. De otra manera, nos convertimos en esclavos de esas emociones negativas. Estos miedos intensifican, además, el sufrimiento que se quiere evitar

“Cuando una persona no ha conseguido reducir su temor a sufrir, sino que, por el contrario, se ha ido haciendo más miedoso con los años, siente una gran dificultad para amar y ser libre y, por lo tanto, para ser feliz”, dice Sarráis.

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Pues el amor –añado yo y también lo hace el autor- lleva siempre alguna dosis de sufrimiento; me refiero al amor auténtico, no  al empalagoso enamoramiento egocéntrico de los culebrones y series televisivas para quinceañeras y quinceañeros (aunque las disfruten cincuentones y cincuentonas).

El que vive dominado por su miedo a sufrir es incapaz de abandonar su cascaron de protección para darse a los demás. Y en su aislamiento (aunque viva rodeado de gente) se consume de tristeza…

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